La poesía no intenta comunicar, ni denunciar, sino revelar

Entrevistas

Por Esther Peñas.- Alberto Cubero (Madrid, 1975) es un zahorí. En vez de vara de avellano, emplea la intuición, y a través e ellas llega a lo poético, acercándose (o bordeando) lo real. Ilumina la palabra desde su torsión no embridada, se deja hacer, y lo poético, de nuevo, emerge. Después, lo trabaja. Lo sagrado, lo inefable, el fulgor. Todo ello habita su mirada poética, sintetizada en su hermoso ensayo ‘Qué entendemos por entender poesía’ (Escolar y Mayo).

Comienzo por una corriente poética antitética a la que tú propones y habitas, la poesía social, suponiendo que la expresión no encierre un pleonasmo. De alguna manera, esta poesía, ¿no traiciona el poema como tal, al contemplarlo no como fin en sí mismo sino como medio para?

Este tipo de poesía tiene un predominio casi mafioso en España, la llamada poesía social. Esas etiquetas, esas clasificaciones no me gustan. No sé muy bien qué quiere decir la poesía social, porque entiendo que lo social empieza por el sujeto. Entiendo la poesía no como un acto de comunicación ni como algo que se construye con un lenguaje representacional del mundo, para eso hay otros campos, el ensayo, por ejemplo; si la poesía se convierte en crítica social encontramos las odas a Stalin de Neruda. Para mí, la palabra poética es otra cosa, es la que trata de nombrar lo innombrable, la que habla de lo inefable.

Pero la llamada poesía social ha conquistado casi todos los espacios de poder ‘oficiales’ y, por tanto, lo que se estimula es esa corriente, pareciendo a veces que no hay nada más fuera de ella…

Efectivamente. Recuerdo que hace poco, hablando con un amigo al que admiro mucho, Fernando Nombela, hablábamos de que uno de los poemarios más sociales y políticos es ‘Descripción de la mentira’, de Gamoneda. Nada se nombra explícitamente pero todo está ahí; no intenta comunicar, ni denunciar, sino revelar, lo que hace es un trabajo con el lenguaje que convierte el poema en un organismo vivo.

Se trata más de habitar el poema y de que nos traspase que de comprenderlo…

Sí, nos habita más el lenguaje que lo dominamos, ahí conecta con la cuestión psicoanalítica, como no puede ser de otra manera, el psicoanálisis trabaja el lenguaje no desde la palabra filológica sino como palabra que engancha con lo pulsional y el deseo y, por otra parte, con la palabra que ha quedado en lo siniestro, reprimida. Es muy distinto el planteamiento. Esa idea que está en Novalis, de que habla Rimbaud, ésa es la postura del psicoanálisis y el lenguaje. Acercarse a lo que pasa ahí. Yo entiendo la poesía como algo profundamente inconsciente, lo que no quiere decir que lo consciente no participe, sobre todo para pulir. Pero esto de ‘voy a escribir un poema sobre el terremoto de Italia’ me parece que corresponde a lo que yo llamo escribas y mi amigo Nombela ‘verseros’. Para mí la poesía tiene que ver con lo sagrado. Ahí está la palabra poética, es un trabajo de descubrimiento. El poema revela algo en el lector, y eso es una revelación que se da no porque el poeta transmita algo adrede. No creo que sea una cosa didáctica, comunicativa, el poema, menos un espacio desde el que arengar.

“La poesía abre lo cerrado”. ¿Cualquiera puede acceder a ese espacio de revelación y habitarlo?

Sí, todo el mundo. Mi experiencia en los talleres durante tantos años es que sí; es más, cuando empiezo con un grupo nuevo les llevo algún poema potente, por ejemplo ‘La tumba de Keats’, de Mestre, para ver quién sale corriendo y quién aguanta. Sí, se puede acceder a ese espacio, con tacto y poco a poco, con calidad y calidez. Uno no puede acercarse a la poesía de primeras con Paul Celan, por ejemplo. Pero sí puede llegar a él. Lo que hay que evitar, y esto me lo aplico a mí mismo el primer, es la comodidad o pereza de espíritu.

Detrás de un “yo no entiendo la poesía” propones que lo que se esconde es  “tengo miedo de entrar en ella”, es decir, de descubrir cosas de mí mismo. Curioso que ese terreno de los misterio que tanto fascina en otros ámbitos, en el campo poético nos repela…

Uno puede descubrir cosas muy gordas sobre uno mismo leyendo poesía; ese miedo tiene dos patas, el no entender, que hay que tachar, y el miedo a lo que podamos descubrir. La poesía es un medio, la poesía con mayúsculas, sin que suena pretencioso, la poesía que ahonda el misterio del que estamos hablando, puede remover muchas cosas en uno. He tenido alumnas que, por el momento, no han querido abordar a Alejandra Pizarnik, y lo entiendo, ella remueve, y mucho. No digo que el diván y el poema sean lo mismo, no me atrevería a decir que la poesía es terapéutica, pero sí que ahonda y remueve, ahí está el miedo. Y uno tiene el derecho del mundo a no querer que le remuevan cosas.

¿Estamos más preparados para el encuentro poético fuera del verso, con esas sincronías, hallazgos, objetos poéticos, actos poéticos..?

Creo que sí, es que el lenguaje… ¿Por qué nos empeñamos en que hay que entender un poema? Yo no tengo conocimientos técnicos del jazz o de múisca clásica, pero soy capaz de disfrutarlas. Con la poesía está el lenguaje. Con la poesía escrita, me refiero. El lenguaje nos atraviesa, nos divide como animales y nos constituye como humanos. Y el lenguaje lleva una serie de complicaciones, hasta en su uso más coloquial: malentendidos, contradicciones…

En la poesía, ¿se hace más real que nunca la frase de Lacan, aquella que dice que uno puede estar seguro de lo que escribe pero jamás de lo que el otro va a entender?

Sí, en los últimos años de su vida, Lacan abordó lo poético y sacó cosas muy interesantes. No se puede controlar la interpretación que haga el otro. En clase, por ejemplo, hemos leído ‘Jardín encantado’, de Calvino, y hay interpretaciones de todo tipo. Tampoco sé si uno está realmente seguro de lo que ha escrito, pero desde luego la interpretación del otro es como el mundo, porque somos seres fenomenológicos. Parece que para nosotros dos esto es evidente. Pero volvemos al lenguaje, que es lo menos gratuito que existe.

¿Cómo se reconoce a un poeta auténtico?

Es una buena e interesante pregunta… habría más de un parámetro. Uno sería la trayectoria. Se puede escribir un buen poema un poco por azar, pero un buen poemario, no, y desde luego varios, menos. Ada Salas, Pilar Fraile y Antonio Méndez Rubio, los tres poetas a los que invitamos al seminario ‘Poesía y psicoanálisis’, en el Colegio de Psicoanálisis, tienen poemarios en los que se ve una tensión significante, una violentación del lenguaje, un corpus simbólico que te conmueve.

Con-moverse, moverse de nuestro lugar, más que ‘emocionarse’…

Exacto, y eso se produce con ciertos usos del lenguaje. De ello habla Lacan, de lo real que puede emerger de la palabra bajo ciertos usos del lenguaje poético, eso se palpa. La poesía como poesía escrita es un trabajo con el lenguaje, no desde el punto de vista filológico, insisto. Hay quien te cuenta la mitología griega versificada, pero para eso prefiero un libro de Carlos García Gual. Hablo de ese uso de la lengua que va más allá. Hay muchos filósofos que han hablado de la dicotomía entre conocimiento y verdad, una cuestión que viene ya desde Platón, y que Heidegger intentó superar con su obra. La verdad no como dogma, sino una verdad existencial. Y creo que en la poesía pasa eso mismo, que hay quien la aborda desde un trabajo epistemológico, y quien lo hace desde lo inconsciente, buscando esa verdad.

En el encuentro poético, ¿qué lugar ocupa el otro?

Toda. En el caso de la poesía epistemológica, el otro asimila una poesía basada en el conocimiento, recibe datos, información. Pero en la poesía como revelación, como trabajo con el lenguaje, el otro se convierte en coautor, tiene que interpretar el texto, sacar de él una serie de emociones; la interpretación-consciente son conceptos que se escupen, uno no interpreta diciendo ‘voy a interpretar así’, sino que interpreta con lo que lleva vivido, Lacan lo llamaría ‘cadena de significantes’, nosotros ‘experiencia vital’. Y eso emerge de manera instantánea. ¿Qué lugar ocupa el otro? El de la muerte del autor, de Barthes, ha de morir y entregar un organismo lingüístico, vivo y generador de silencio, como decía Octavio Paz. Ese llevarte a otro sitio, ese ser generador de mundo en vez de representación o imagen del mundo, como propone Deleuze, es lo que marca la diferencia.

María Negroni me regaló una reflexión de Macedonio Fernández: “Varias veces inicié el estudio de la metafísica pero siempre me interrumpió la felicidad”. ¿Por qué se escribe, sobre todo, desde el dolor, desde la grieta, como quieras llamarlo?

Se podrían decir varias cosas… todo el mundo ha sentido la necesidad de escribir ante el dolor. Esto es un universal. La alegría es más fácil de compartir. En cambio, es complicado que un sujeto que realmente está sufriendo se encuentre con otro sujeto que tenga capacidad de escucha. Por eso se pinta, se escribe, se esculpe, para vehiculizar ese dolor. Por otra parte, hay una herida originaria que no nos la quita nadie, aunque seamos felices (otra cosa es qué es la felicidad), desde la pérdida de la animalidad, el recorrido pulsional que nos tensa, las pérdidas que nos atraviesan… la melancolía, la memoria, el olvido, los deseos frustrados… todo eso nos constituye, aunque seamos razonablemente felices.

El poema, ¿nos dona tiempo y espacio?

Sí, es organismo lingüístico que nos da la oportunidad de tener un espacio propio, que es algo insólito, un espacio interior, que necesitamos para nosotros mismos y que es difícil de encontrar; ese espacio se abre, y se abre un tiempo sin tiempo, según la idea de Blanchot.

Del no lugar…

Eso es, escribir es aventurarse a la ausencia de tiempo, como leer, como sucede en el arte en general.

Publicado en Solidaridad Digital