INTENSIVO DE CREACIÓN POÉTICA

Talleres

Se pretende que el taller se estructure en un espacio y un tiempo donde las alumnas y los alumnos potencien su capacidad de creación, de indagación en el lenguaje, de experimentar qué arrastra la palabra poética.

Se propondrán varias líneas de trabajo, que confluirán en un proceso de introspección del sujeto y del lenguaje que lo atraviesa. Batería de ejercicios de diversa índole, lectura y análisis de los escritos de los alumnos, análisis de poemas de diferentes autores, lectura de textos de pensamiento crítico que han alimentado el campo de la poesía.

Aspectos tan relevantes para la escritura poética como la torsión del lenguaje, la significancia, sentido vs significado, la estructura del poema como generador de significaciones, el proceso automático de escritura, entre otros, serán trabajados a fondo en el taller.

LUGAR y FECHAS:

– Se impartirán en un espacio habilitado en la Librería HG de Collado Mediano

– Sábados 23 y 30 de junio de 10 a 15 horas.

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Presentación, “Que entendemos por entender la poesía”

Presentaciones

El viernes 9 de febrero a las 19:30h en Vitoria, Casa de la Cultura Ignacio Aldecoa (Paseo de la Florida), se presenta el poemario de María Jesús Silva, “Números inexactos” y el ensayo “Qué entendemos por entender la poesía” de Alberto Cubero. Presenta Ángela Serna. Se establecerá un diálogo entre ambos autores.

 

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La Galla Ciencia entrevista a Alberto Cubero

Entrevistas

Alberto Cubero

(Madrid, 1972)

 La Galla Ciencia.– Ha publicado los poemarios “Pájaros de granito” (Legados ediciones, 2008), “La textura metálica del dolor”, junto a Leandro Alonso, escultor, (editorial El sastre de Apollinaire, 2011), , “Hendidura” (editorial Devenir, 2014), “Tránsitos” (editorial Evohé, 2017) y la plaquette “In-diferencias” (ediciones HG, 2016), así como los ensayos “El acto poético como expresión límite de lo inefable” (Cuadernos del matemático, 2013), “Poesía e inconsciente: relaciones entre poesía y psicoanálisis” (Cuadernos del matemático, 2014), y “Qué entendemos por entender la poesía” (editorial Escolar y Mayo, 2017).

Ha participado en las antologías “La república de la imaginación” (Legados ediciones, 2009), “Voces del extremo” (editorial Amargord, 2014) y “Odisea Poética” (Legados ediciones, 2016).

Es profesor de talleres de escritura creativa y escritura terapéutica desde el año 2010. En los últimos años, se ha interesado especialmente en la potencialidad terapéutica de la palabra escrita. Llevado por este interés surgieron proyectos de escritura terapéutica para personas con trastorno psicótico y para mujeres víctimas de violencia de género, así como los ensayos “La delgada línea en el tránsito desde el Yo hacia el Otro en relación con la persona” (revista AMSM, 2013), junto a la terapeuta Ana Abad, y “La mirada creativa del otro” (revista TOG, 2014), junto a Ana Abad y Mariano Hernández, psiquiatra.

Colabora en diferentes revistas especializadas en poesía y crítica literaria, entre las que cabe destacar “Cuadernos del matemático”, “Ábaco”, “Viento Sur”, “La Galla Ciencia” y “Tendencias 21”.

Son habituales sus colaboraciones con otros artistas: con el escultor Leandro Alonso (el poemario “La textura metálica del dolor”, la exposición “Tránsitos” y el poemario “Tránsitos”), con la fotógrafa María Jesús Velasco (la proyección “Cuerpo de sombra” y la exposición “Fragmentación del límite”) y con la escultora Marta Sánchez Luengo (texto para el catálogo de la exposición “A mi tran tran”). Fue miembro, durante varios años, del Centro de Arte y Pensamiento contemporáneos CRUCE, así como coordinador del espacio de poesía “Al norte del porvenir”, en Radio Villalba.

¿De qué le salva la poesía? 

Cuando menos, del resplandor de la superficie.

¿Un verso para repetirse siempre? 

Si me permite, dos: “la rebelión consiste en mirar una rosa / hasta pulverizarse los ojos”.

¿Qué libro debe estar en todas las bibliotecas? 

Cartas a un joven poeta.

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Presentación en el Centro de Arte Moderno

Presentaciones

Queridas amigas, queridos amigos.

Como ya apuntó Tales de Mileto, si uno no se suena bien la nariz, esto puede generar problemas en el tránsito intestinal. Como, posteriormente, vino a rubricar Sócrates, con aquellos estreñimientos atroces que sufría. De todo esto se reía a base de bien Enrique Vila-Matas en “Doctor Pasavento”, solo que lo hacía a costa de Robert Walser, que también se las traía con el “tránsito”.

Particularmente, seguí al pie de la letra la preocupación de Tales, y me soné bien la nariz al escribir el ensayo “Qué entendemos por entender la poesía”, texto que ha recibido los máximos halagos por parte de la jet set poética, de tal manera que, ante tal aluvión, los libreros han decidido colocarlo no una, sino varias veces a lo largo y ancho de sus estantes. Tan bien funciona mi “tránsito” que junto al buen amigo y gran escultor Leandro Alonso -que, por cierto, tiene un aire, pero bien fuerte a Sócrates-, le dimos a los tránsitos. Los interiores, los que nos atraviesan, y los exteriores, por los que fluimos desnortados, jugándonos no sé qué.

El próximo miércoles, día 15 de noviembre, a las 20 h, en el Centro de Arte Moderno, sito en la calle Galileo, 52 -una preciosa librería, por cierto- Ana Belén Martín Vázquez, poeta, funambulista, exploradora de lo invisible, presentará al maestro Sócrates y a un servidor. Hablaremos sobre el poemario “Tránsitos” (editorial Evohé, febrero 2017) y sobre el ensayo “Qué entendemos por entender la poesía” (editorial Escolar y Mayo, marzo 2017). Será un tiempo y un espacio estupendos para encontrarnos, en algunos casos re-encontrarnos, compartirnos, incluso romper alguna que otra absurda norma. Ya afirmaron Faemino y Cansando al comienzo del 2017: propósito para este año: dejar el inglés y aprender a fumar.

Repartiremos clínex, bifidus activos, versos, reflexiones, abrazos.

Como la jet set poetic me ha dicho que sí, que más, que qué bien ese ensayito, como no para el chorro de comentarios, observaciones, palmaditas en el hombro, pues eso, que he cogido el pañuelo y dale que te pego. De modo y manera que prometo otro ensayo, que ya va avanzando a golpe de nariz.

Y ya sabéis, como dijo Spinoza: “Más vale corazón en mano que mil libros abiertos”.

Será un placer abrazaros, besaros, un derroche emocional.

Feliz tránsito y abrazos fuertes.

EL RESPIRAR Y EL AGUJERO de JOSÉ LUIS DE LA FUENTE (por Alberto Cubero)

Reseñas

El respirar y el agujero , José Luis de la Fuente. 

El sastre de Apollinaire, 2017

Artículo publicado en La Galla Ciencia. Ver aquí

 

Trabajar el lenguaje desde un lugar previo al lenguaje. No tomarlo como un corpus establecido en el que llevar a cabo, con más o menos fortuna, ciertas maniobras retóricas. Recoger la palabra poética desde un estrato anterior a todo verbo. Esta es la propuesta que nos hace José Luis de la Fuente en su más que interesante poemario.

Quizás algunos se extrañen: trabajar el lenguaje desde un lugar previo al lenguaje. Y está bien que experimenten ese extrañamiento pues, acaso, les lleve a una reflexión respecto a un posicionamiento diferente al que hayan podido tener, hasta el momento, frente a la escritura poética. Quiero decir con ello que en “El respirar y el agujero” la palabra no es preconcebida, estandarizada, incluso maniatada, me atrevería a decir, sino que adviene en el poeta remontando desde allá donde reside lo desconocido. No se trata de que el poeta vaya en busca de, sino que se sienta atravesado por el lenguaje. En este sentido, la poesía de De la Fuente es una poesía del inconsciente que, como ya nos enseñara Lacan, está estructurado como un lenguaje. ¿Pero qué lenguaje es ese? ¿El que utilizamos habitualmente para intentar comunicarnos? ¿El que utilizamos para decir eso es?

En absoluto. Se trata de un lenguaje radicalmente otro. El que fluye adherido a lo siniestro. O mejor dicho, lo siniestro emerge adherido a la palabra. A aquello que, como decía Schelling, debiendo permanecer secreto, oculto, acaba por manifestarse. El Unheimlich freudiano que tan cercano está, por cierto, de lo familiar, de lo más próximo, de loheimlich, como sucedía en “La carta robada”, de Poe.

Quizás seas la sombra

de un animal inconsciente

el apetito de algo que se esconde

O este otro estupendo poema:

Caminar por los hilos subterráneos de la boca. Tu levedad se multiplica en un delirio de sombras. No es fácil atravesar la incertidumbre que forjaron los significados, su barro lo cubre todo. En el exterior, otro alguien te habita. Exagerada fractura del yo: orificio desubicado donde el paisaje se adentra.

Sí, la incertidumbre que forjaron los significados, esos significados que tantas veces no significan -quiero decir que no significan algo en concreto-, sino que se constituyen en un elenco, una multiplicidad de posibles significaciones (significancia: Kristeva, Lacan). Sí, ese otro que nos habita en el exterior de la conciencia, pues somos tan –o más- sujetos del inconsciente que sujetos de la conciencia, de esa construcción imaginaria –y absolutamente necesaria, por otra parte- que es el yo.

Pero no se trata solo de la emergencia de lo reprimido –como algunos podrían suponer-, de aquello que, permanentemente, se resiste a ser desvelado, pero que, a la vez, permite ser simbolizado. Porque lo inconsciente tiene dos recorridos: lo reprimido y lo crudamente pulsional. En este último caso, únicamente podemos circundar. Quiero decir que solo podemos aspirar a rozar la pulsión con la palabra. De la Fuente lo consigue y de qué manera. Incluso, en ocasiones, pareciera que arrancara con la palabra un cuajo de pulsión. Lacan ya apuntó esta posibilidad: «Solo la poesía, en ciertos momentos, puede hacer presente lo real gracias a determinados usos de la lengua».

Lo pulsional, esa tensión que enhebra el cuerpo –lo real– frente al agujero forjado por la pérdida original a la que está sometido todo sujeto y sobre la cual orbitan la sangre, el dolor, el miedo, la locura, lo divino, la culpa. El abismo.

Ahora que habitas la boca del lobo, ves la transparencia de la locura y lo divino te ahoga, te reduce a simple aliento. Ves el agua-fiebre corromper el nombre de las piedras. Mientras la noche, clavada en un madero, babea.

O este otro poema:

Sabías que Dios estaba tras el muro y tú seguías tirando piedras. Renegaste de tu nombre, de tu sangre, de la existencia. La culpa y el lobo aullaban en el veneno de la sombra. Malos tragos para el ciego, para el buscador de ceniza. Después de tantas lunas, lloras.

Consigue De la Fuente la emergencia de lo inconsciente a partir de una escritura que se aproxima mucho –en ocasiones, lo es plenamente-, a la escritura automática. Palabra empujada más por la fuerza de la pulsión que por las normas del pensamiento. Palabra apenas pulida (puedo dar fe de ello: tantas horas de escritura poética compartidas con el autor del poemario), que brinda una fuerza metafórica que, en ningún caso, podría ser producto de una escritura pasada por la reflexión de modo apriorístico. Como insistía María Zambrano, no se puede enseñar a hacer una metáfora: sale. Y sale en la medida en que la conexión entre dos palabras sea inhóspita, inverosímil, salvaje.

De la Fuente escribe sin saber lo que dice, pero con un conocimiento otro. No un conocimiento epistemológico, sino esa verdad que, si no mediara el corpus simbólico de lo poético, nos haría enloquecer. La sombra animal que nos acecha y que es tajada, con mayor o menor éxito, por el lenguaje. Parafraseando los versos de Arthur Lundkvist: Si el pájaro supiera por qué canta / enloquecería.[1]

Eran terribles en el pensamiento-páramo. Los orgullos azules brillaban como el desgarro del número. La noche, violentada por su luz, contaminó la virginidad del agua. Implacables, descendieron por los pétalos de la ira. El miedo frente al miedo, devorando el deseo.

Una buena amiga y estupenda poeta, cuando acaba de escribir un texto suele decir: “Chim pum”. Pues eso, chim pum.

Alberto Cubero

Taller de Creación poética en Centro de Arte Moderno

Talleres

TALLER DE CREACIÓN POÉTICA

A cargo de

Alberto Cubero

Poeta y ensayista

 

 

El lenguaje poético surge en ese espacio y tiempo indeterminados donde lo innombrable adviene sin remedio y nos atraviesa. Circunda el agujero generado por esa pérdida irrecuperable que nos constituye como seres humanos.

La poesía nos ayuda a indagar, a explorar en nuestro interior, a ponernos en juego con nosotros mismos y con los otros. Nos lleva al encuentro con lo pulsional, así como pone en funcionamiento la reflexión y la capacidad emocional.

 

Comienzo del curso en octubre.

El sábado 30 de septiembre habrá una sesión informativa a las 10.30 h

Dos sábados alternos al mes, de 10.30 a 12.30 h

Abierta la inscripción

Plazas limitadas

 

Para informes sobre inscripción y mensualidad contactar a

PUENTE DE IDEAS

entre

España e Hispanoamérica

MUSEO DEL ESCRITOR

GALERÍA DE ARTE

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EDITORIAL

EXPOSICIONES – CONFERENCIAS – CONCIERTOS

PRESENTACIONES DE LIBROS – LECTURAS

TALLERES – ENCUENTROS

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RESEÑA DE ANA BELÉN MARTÍN VÁZQUEZ SOBRE EL POEMARIO “TRÁNSITOS”

Reseñas

Ana Belén Martín Vázquez .- Tránsitos (Ediciones Evohé, 2017), es un poemario ilustrado realizado a cuatro manos, a cargo del poeta y ensayista Alberto Cubero (Madrid, 1972), y del escultor Leandro Alonso (Madrid, 1963). Estamos ante un libro singular, desde el cuadrado que le da forma en lo exterior hasta su interior, donde nos encontramos con el poema, en las páginas impares, y el ideograma, en las pares, que constituyen el encuentro de dos formas de expresión, sin dependencia ni competencia: una palabra poética rodeada de silencio y un ideograma que permite hacer una lectura complementaria o independiente del texto; en suma, una doble propuesta artística que da libertad para una infinidad de lecturas, incluso la que obvia la palabra o la ilustración.

Se trata de la cuarta colaboración entre ambos creadores, que ya habían dado muestra de su compenetración y buen hacer en proyectos conjuntos previos como el poemario: “La textura metálica del dolor” (El Sastre de Apollinaire, 2011); la instalación de poesía y escultura, junto a otros autores, titulada “Espacios de Lenguaje”; la exposición “Tránsitos” y ahora, este poemario en el que repiten el título del último trabajo. Conociendo la visión que Cubero y Alonso tienen del arte y de las respectivas disciplinas en las que desarrollan su principal labor artística, poesía y escultura, no es de extrañar que sean tan cómplices en este tipo de trabajos y que el resultado sea tan inspirador como el que ofrece este nuevo libro. Estamos ante dos creadores que se admiran y entienden que su trabajo ha de nutrirse de la obra de otros artistas y disciplinas. De hecho, sus respectivos currícula muestran esos itinerarios y colaboraciones con terceros, evidenciando que las clasificaciones que establecen barreras entre géneros no les valen, porque las artes se comunican y crecen en sus espacios de encuentro.

Tránsitos es un libro, me permitiría decir, de carácter existencialista en el que la herida y el laberinto se repiten, y crean las condiciones para el abismo y el sufrimiento, lo que acecha. Estamos ante un poemario desesperanzado a pesar de algunas apariciones del deseo, algunos atisbos de otra posibilidad:

El libro alberga varias ideas clave como la búsqueda, el tránsito, la dualidad y el aislamiento. En primer lugar, la búsqueda está presente en la dedicatoria del volumen, “A los que buscan y no encuentran”, y en la cita inicial de María Zambrano: “Que el hombre es un ser transcendente quiere decir que anda en tránsito, siempre en vías de ser”. Otra noción central es la de tránsito, que da título a este trabajo. Recordemos que según su definición, tránsito es el movimiento, es la muerte y ese estar entre dos lugares, dos ámbitos que puede suponer estar en ningún lugar, no estar. Ese dos, esa dualidad, es otra de las claves que permite la lectura del libro. Así, la dualidad se aprecia en la estructura del poemario, que presenta dos poemas cero, uno que abre y otro que cierra; y se desarrolla en dos amplios apartados, titulados, respectivamente, ‘El otro’ y ‘Lo otro’, que se complementan y responden. En línea con la dualidad, Tránsitos es también un diálogo, pero un diálogo imposible entre el tú al que los poemas apelan y la propia voz poética que se manifiesta.

Si nos fijamos en los dos poemas que abren y cierran el libro, en ambos el texto alude a un tú. En el primero, se trata de alguien que está en el laberinto: “(…) Transitas sin comprender la hondura de este verbo. / Estás allá donde niegas la existencia, en vano” (pág. 11). Por su parte, en el último, leemos: “(…) Mendigo forjado en barro, así debe ser tu corazón. / Así los velos que te intuyen” (pág. 153). Y en los dos casos, los poemas quedan suspendidos, en ese espacio indeterminado donde el tú, el otro, no acaba de ser, donde encontramos a un desconocido que pone barreras y distancia respecto a la voz poética que atraviesa el poemario, esa voz que también se refugia en lo impersonal y en su propia desaparición.

En la parte central del poemario, la incomprensión hacia lo externo se plasma tanto en la primera parte, titulada “El otro”, como en la segunda, “Lo otro”. Así, la voz poética no encuentra auxilio ni en el tú interpelado ni en un contexto más amplio. En ‘El otro’, la lectura avanza en torno a la vulnerabilidad, la incertidumbre, el abandono, la confusión, las pérdidas, el desarraigo, el desaliento, el miedo, las renuncias, la mentira, la inquietud, lo siniestro, la ruina, el rencor, la desconfianza, el desconsuelo… Y todos esos elementos van construyendo una fatalidad que lo inunda casi todo, donde los elementos alentadores son escasos (el deseo, las caricias, la luz), y la intuición apunta hacia los malos presagios. En la segunda parte, “Lo otro”, el horizonte se amplía pero a pesar de eso, nos mantenemos en el territorio de la extrañeza, lo innombrable, lo indeterminado, lo que se disuelve, la distorsión, la deriva, de nuevo la vulnerabilidad, la imposibilidad de la tregua o el equilibrio o la coherencia; la pesadumbre, la iniquidad y la soledad…

Tránsitos es un libro en tensión, sin sosiego. Nos presenta un yo apenas vislumbrado que es un sujeto en conflicto con lo externo, percibido muchas veces a través de los sentidos, la voz y la mirada, sobre todo. No obstante, esa conexión con lo externo es también un acercamiento que se trunca o que incluso devuelve un aislamiento añadido: “Hay una mirada sin fin, un desbordamiento ante las fauces del perímetro. / Imperceptible, fluye lo que te abandona”,  (pág. 37); “(…) Escuchas la arquitectura del miedo y los montículos de la penumbra. / No aciertas a descifrar los nombres de la herida ni el ojo de las renuncias” (pág. 39); “(…) Sangra la retina, pero tú no lo ves: te cegó la confluencia de voluntades” (pág. 49); “(…) Salto de sed sobre la herida abierta de lo que va llegando, / hay voces que arrastran lo desconocido” (pág. 63).

En cuanto al estilo, es un libro exacto que acierta con la palabra precisa y donde el silencio resulta fundamental. Poemas muy breves, en su mayoría, y sumamente equilibrados donde no sobra ni falta nada, que nos arrojan a un mundo de sugerencia y apertura de sentido donde cada uno va a alcanzar su propio vértigo, su propio equilibrio, sus propias preguntas y también, su propio tránsito. En este sentido, cabe subrayar que es un libro  sumamente coherente con lo que Alberto Cubero entiende por poesía y, por tanto, con su propia poética, establecida en los poemarios ya publicados y en el ensayo “Qué entendemos por entender la poesía” (Escolar y Mayo, 2017), donde Cubero insiste en que “el lenguaje poético habita en los perímetros de lo inefable, y no en los planos de los significados explícitos”.

Dado que es un libro en tensión y en conflicto, estamos ante un libro dominado por los contrastes, las antítesis… Aunque se emplean no como un mero recurso estilístico sino como base de una lucha de conceptos que genera todo un imaginario, levantado en los bordes del abismo. Así, asistimos a unos tiempos naturales alterados, “Preñez de la noche. / (…) El amanecer llegará nunca” (pág. 111); al encuentro de la falacia y la creencia (“La raíz es falacia. / Delirio en el extremo norte de las creencias” (pág. 129); o bien, a dobles contrastes como el de la página 143: “(…) vertebrar los contrafuertes de la armonía entre las brasas de la barbarie”.

Y dicho todo esto del texto poético que propone Alberto Cubero, quedaría hablar de la otra mitad del libro: los ideogramas que, desde el espejo de las páginas pares, acompañan cada uno de los poemas. La aportación de Leandro Alonso al libro es un libro en sí mismo y ofrece su propia lectura. En consonancia con lo textual, son trazos irregulares que apuntan también a la apertura, el desequilibrio y la tensión entre el dentro y el afuera. Son también el espacio donde reposar, descansar y digerir la palabra; el enigma, el laberinto, lo desconocido que nos apela. Los ideogramas son además, el negro y el blanco, el continente y lo contenido, y lo que se desborda y anega los márgenes.

En suma, estamos ante un libro inagotable, que nos permite crecer y nos regala cientos de lecturas…para llegar, gracias a lo poético, al encuentro con nuestros propios abismos y los espacios que nos aíslan como sujetos.

Ana Belén Martín Vázquez

Publicada en La Galla Ciencia

 

“Por nada del mundo”, evocaciones

Encuentros

 

“Catorce evocaciones a partir de la lectura del poemario “Por nada del mundo”, de Antonio Méndez Rubio (editorial Vaso Roto, enero 2017)”

 

 

 

 

Si el pájaro supiera por qué canta / callaría”, -Arthur Lundkvist-.

 

La conciencia es necesaria, pero no suficiente.

 

El centro de la luz es sombra” -Gilles Deleuze-.

 

Una voz sin interior, forma sin contenido –diáfano, explícito-: el poema.

 

El pensamiento del afuera”, Michel Foucault.

 

La insuficiencia del lenguaje nos invita a torsionar el lenguaje.

En toda poesía que se precie hay una verdad en renuncia a lo epistemológico.

 

Hay una salud que sucede a la desesperación”, Antonio Gamoneda –“Descripción de la mentira”-.

 

¿Hay puertas que no deben abrirse?

No hay justicia en el cosmos: hay azar, indeterminación, olvido.

 

El estado de cosas en el mundo: “No / ves / la luz a salvo / del daño en la sien”, Antonio Méndez Rubio – del poemario “Por nada del mundo”-.

 

El cuerpo no orgánico, sino el cuerpo imaginario, el atravesado por el lenguaje.

Balbuceo, una suerte de rumor: la palabra poética.

 

Captar la cosa antes de nombrarla: el lenguaje pervertirá su esencia“, Mallarmé Foucault -“Las palabras y las cosas”-.

 

Foto: Ana Belén Martín Vázquez

 

Antonio Méndez Rubio y Alberto Cubero Foto: N.I.

Antonio Méndez Rubio Foto: N.I.

 

 

 

Presentación, “Qué entendemos por entender la poesía” con Fernando Nombela

Presentaciones

Miércoles 14 de junio se presentó en el Centro de Arte de Alcobendas el Ensayo de Alberto Cubero: Qué entendemos por entender la poesía. La presentación corrió a cargo del poeta, Fernando Nombela.

Leandro Alonso.- “Ambos, y al final los asistentes, debatieron sobre algunas de las cuestiones que se plantean en el libro. Creo que llegamos a la conclusión de que es un libro fundamental para poetas, artistas y humanos sensibles”.

 

Fotos de Leandro Alonso

 

Qué entendemos por entender la poesía

Reseñas

CubiertaCarlos Javier González Serrano.- La poesía resulta indisociable de la actividad poética. Al contrario de lo que sucede con otros afanes humanos, en los que la teoría se escinde o puede escindirse de la práctica de muy diversas –y en ocasiones malversadoras– maneras (véase, por ejemplo, la política), en la poesía se da un extraño y original encuentro entre el creador –el poeta– y su creación. Este movimiento de ida y vuelta, en el que quien escribe abre un horizonte nuevo de sentido, es impracticable sin que medie entre ambos un limes por superar. Ya nos puso Hölderlin sobre la pista cuando definía la figura del poeta como aquel que, situado frente al Absoluto, es capaz de abordar la distancia que separa las orillas de lo finito y de lo infinito. La poesía es, pues, el lugar donde mora, donde se siente y se hace sentir el límite.

Es así como, en palabras de Derrida, “no hay poema que no se abra como una herida”, como un espacio que, lejos de tener que ser llenado, ha de ser conservado y alimentado. La poesía puja por preservar tales recovecos que el poema dona. Por eso, como apunta Alberto Cubero en los primeros compases de Qué entendemos por entender la poesía, “en el lenguaje poético no se da comunicación, sino revelación”, y facilita, asimismo, la aparición del contexto donde se produce “el encuentro del ser humano con el misterio de su existencia, de la existencia”.

La obra de Cubero resulta interesante por varias razones. En primer lugar, porque restituye la poesía como promontorio desde el que cuestionar la realidad. Un cuestionamiento que no tiene que ver con anquilosados métodos filosóficos o con farragosas técnicas lógicas, sino más bien con un destino, con una sensibilidad que se patentiza en un hacer muy determinado: la creación poética y la lectura de poesía. Como él mismo sugiere, “la poesía propone al lector un crecimiento a nivel reflexivo, una indagación del sujeto en su interior”. La poesía endereza el timón del alma y crea individuos con “criterio y corazón”, individuos “no manipulables”.

He aquí el nudo gordiano de la tesis defendida por Cubero: la poesía es, ante todo, un quehacer relacionado con lo político, con lo común, con el escenario donde tienen lugar los asuntos humanos. Algo que, a su juicio, resulta “intolerable para los poderes hegemónicos de las sociedades democráticas actuales, que sin embargo deberían favorecer el crecimiento integral de sus ciudadanos”. Y concluye con una constatación: “Es muy triste ver cómo, aún hoy en día, la poesía es denostada en los planes de estudio y en la oferta cultural institucional”.

Como puente entre lo individual y lo social, la poesía, en su faceta política, insta a crear senderos por los que deambular críticamente, invitando a habitar el mundo de forma que ninguna autoridad pueda superar el tribunal del sí mismo. La poesía evita, sostiene Cubero, que seamos sometidos “a un grado de tensión y preocupación” tal que no nos permita disponer del “espacio reflexivo y emocional necesario para crecer como seres humanos”. La poesía, como integradora del corpus artístico, permite que nos mostremos “desnudos”, en un proceso que autentifica y saca a relucir nuestras más hondas potencias en su grado más puro: es decir, en libertad.

Una libertad a la que se teme y a la que nos empujan a temer, como si de un fantasma aterrador se tratara. La poesía, lejos de amansar espíritus, los revuelve, enturbia y cuestiona, apartándonos del estado vegetativo en que nos sitúa la sociedad tecnocapitalista. Es ella la que invierte la pereza intelectual y nos impele a actuar por la obtención de un mundo mejor, más sincero, más comprometido, más poético: esto es, más creador. Y es que, escribe Cubero, uno de los objetivos fundamentales del poder es el de “acabar con la singularidad del ser humano, que sea disuelto en una masa que reproduzca al unísono los mismos enunciados, los mismos dogmas y prejuicios, las mismas palabras vacías de contenido”. Por ello se esquilman tan desaforadamente los planes de estudio de las Humanidades y las Artes, con la intención –señala un tajante Cubero– de “crear analfabetos emocionales e intelectuales” y debilitar todo “lo que contribuya a expandir la capacidad de los individuos para conmoverse, para encontrarse con lo más auténtico de ellos mismos, para reinventarse y reinventar su visión del mundo, todo lo que potencie la vertiente reflexiva y crítica de la persona”. El objetivo, a juicio del autor, no es otro que el de eliminar el saber y su origen, hasta quedar todos ciegos, desorientados, inermes.

La obra de Cubero alberga el inapreciable mérito de devolver a la poesía su faceta social. Estamos tan tristemente acostumbrados en las sociedades occidentales a delegar la fuerza decisoria del pueblo –la soberanía nacional, concepto en otro tiempo tan fundamental– en los partidos políticos de turno que la noción de participación social en lo político se nos antoja lejana y, de hecho, no hay quien duda en denunciarla como una suerte de irrupción violenta en contra del denominado sistema “democrático”, tantas veces invocado y ya acaso desgastado o caducado. Muy al contrario de lo que suele pensarse, el Romanticismo –movimiento de franca raigambre poética– siempre estuvo fuertemente comprometido con el aspecto social de la realidad. Lamartine escribía, por ejemplo, en sus Recueillements: “Luego mi corazón, insensible a sus propias miserias, / se extendió más tarde hasta los dolores de mis hermanos”. Las revoluciones trabajadoras de 1830 y 1848 agitaron con fuerza toda Europa, y los grandes estandartes de la cultura alemana, pero sobre todo los de la francesa, no dudaron en dar pábulo a las justificadas esperanzas despertadas por una nueva conciencia de grupo que se mostraba por entonces floreciente y repleta de fulgor: frente al patrón o socio capitalista nacía la figura del asalariado.

Una nueva enfermedad nos brindan los tiempos actuales, en opinión de Cubero: la del capitalismo salvaje: “a más objetos, menos relación entre los sujetos. Tanto la necesidad de objetos como la conexión que se establece con ellos se torna más peligrosa cuanto más asociada está a la sensación de poder, al goce perverso de dominación sobre los otros, a la posibilidad de tener al otro sometido”, denuncia el autor.

La libertad debe mostrarse no sólo en el arte, sino también y sobre todo en la sociedad, allí donde el verbo fundamental es el de compartir, el de con-vivir. Víctor Hugo se ganó el respeto del pueblo francés y lo consideraron como a uno de los suyos. Unos luchaban en las calles; otros, en la soledad de su cuarto, lanzaban como puñales obras que desacreditaban públicamente los desvaríos de la corona y las injusticias sufridas por gran parte de la sociedad. Un punto que Víctor Hugo comparte con el Dostoievski de Pobres gentes y con el Tolstoi más maduro, el de las Confesiones.

“La poesía no es un lugar donde van a parar los cobardes”, escribía Gamoneda, a quien Cubero cita al final de su libro, que se cierra con una abierta y sincera invitación a leer poesía, casi una arenga: “No tenga miedo. Sea valiente. […] La cobardía sale cara, siempre. El poema es uno de los caminos más interesantes y hermosos para abordar el conocimiento de uno mismo. Del mundo. Para que aflore lo no sabido. El misterio. Lo siniestro. Para que se dé una aproximación, en mayor o menor medida, a una verdad”.

Qué entendemos por entender la poesía encierra un coraje desbordado en lo general (por qué recuperar la poesía como objeto teórico) y en lo particular (la poesía como instrumento originariamente político), sin olvidar aspectos más filosóficos, complejos, filológicos, hermenéuticos y polémicos. Una concentrada obra que invita a trazar una genealogía de la poesía pero que, lejos de quedarse en los estrechos pasillos de la abstracción, desciende a los infiernos humanos y empuja a tomar la actividad poética como una cima desde la que ensayar un nuevo tipo de biografía: la vida poética en libertad.

Carlos Javier González Serrano

REVISTA SISTOLÁ , REVISTA DE CULTURA