Reseña “Hendidura” en Espacio Luke

Reseñas

Murieron de sed las gacelas en los manantiales. No podía ser de otra manera. Cómo beber aquella agua tan pura. Quedaron prendadas de su reflejo en la transparencia sin fin del silencio. No contaban con tanta belleza. Quisieron escapar, volver a los agrestes caminos, gritar, revolcarse. Be¬ber. Pero murieron de sed las gacelas en los manantiales, de tanta pureza.


POÉTICA:

Afrontar la palabra poética es sentirse atravesado por el lenguaje. No ir en busca de, sino constituirse en superficie de recepción, de escucha. Escucha de esa suerte de rumor o balbuceo que nos llega desde no se sabe muy bien dónde. Constituirse en geografía donde se posa lo inhóspito, lo que está más allá de lo conocido, de lo ya transitado.
La palabra poética: ese intento de elaborar lo que nos desborda. Eso que percute por fuera del lenguaje –y que, precisamente por esta condición, nos desborda- y que intentamos plasmar, fijar, a través de la palabra. Una empresa destinada a la derrota, pero que nos proporciona el goce de acariciar el misterio.
Ese intento por nombrar lo inefable.

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EL RESPIRAR Y EL AGUJERO de JOSÉ LUIS DE LA FUENTE (por Alberto Cubero)

Reseñas

El respirar y el agujero , José Luis de la Fuente. 

El sastre de Apollinaire, 2017

Artículo publicado en La Galla Ciencia. Ver aquí

 

Trabajar el lenguaje desde un lugar previo al lenguaje. No tomarlo como un corpus establecido en el que llevar a cabo, con más o menos fortuna, ciertas maniobras retóricas. Recoger la palabra poética desde un estrato anterior a todo verbo. Esta es la propuesta que nos hace José Luis de la Fuente en su más que interesante poemario.

Quizás algunos se extrañen: trabajar el lenguaje desde un lugar previo al lenguaje. Y está bien que experimenten ese extrañamiento pues, acaso, les lleve a una reflexión respecto a un posicionamiento diferente al que hayan podido tener, hasta el momento, frente a la escritura poética. Quiero decir con ello que en “El respirar y el agujero” la palabra no es preconcebida, estandarizada, incluso maniatada, me atrevería a decir, sino que adviene en el poeta remontando desde allá donde reside lo desconocido. No se trata de que el poeta vaya en busca de, sino que se sienta atravesado por el lenguaje. En este sentido, la poesía de De la Fuente es una poesía del inconsciente que, como ya nos enseñara Lacan, está estructurado como un lenguaje. ¿Pero qué lenguaje es ese? ¿El que utilizamos habitualmente para intentar comunicarnos? ¿El que utilizamos para decir eso es?

En absoluto. Se trata de un lenguaje radicalmente otro. El que fluye adherido a lo siniestro. O mejor dicho, lo siniestro emerge adherido a la palabra. A aquello que, como decía Schelling, debiendo permanecer secreto, oculto, acaba por manifestarse. El Unheimlich freudiano que tan cercano está, por cierto, de lo familiar, de lo más próximo, de loheimlich, como sucedía en “La carta robada”, de Poe.

Quizás seas la sombra

de un animal inconsciente

el apetito de algo que se esconde

O este otro estupendo poema:

Caminar por los hilos subterráneos de la boca. Tu levedad se multiplica en un delirio de sombras. No es fácil atravesar la incertidumbre que forjaron los significados, su barro lo cubre todo. En el exterior, otro alguien te habita. Exagerada fractura del yo: orificio desubicado donde el paisaje se adentra.

Sí, la incertidumbre que forjaron los significados, esos significados que tantas veces no significan -quiero decir que no significan algo en concreto-, sino que se constituyen en un elenco, una multiplicidad de posibles significaciones (significancia: Kristeva, Lacan). Sí, ese otro que nos habita en el exterior de la conciencia, pues somos tan –o más- sujetos del inconsciente que sujetos de la conciencia, de esa construcción imaginaria –y absolutamente necesaria, por otra parte- que es el yo.

Pero no se trata solo de la emergencia de lo reprimido –como algunos podrían suponer-, de aquello que, permanentemente, se resiste a ser desvelado, pero que, a la vez, permite ser simbolizado. Porque lo inconsciente tiene dos recorridos: lo reprimido y lo crudamente pulsional. En este último caso, únicamente podemos circundar. Quiero decir que solo podemos aspirar a rozar la pulsión con la palabra. De la Fuente lo consigue y de qué manera. Incluso, en ocasiones, pareciera que arrancara con la palabra un cuajo de pulsión. Lacan ya apuntó esta posibilidad: «Solo la poesía, en ciertos momentos, puede hacer presente lo real gracias a determinados usos de la lengua».

Lo pulsional, esa tensión que enhebra el cuerpo –lo real– frente al agujero forjado por la pérdida original a la que está sometido todo sujeto y sobre la cual orbitan la sangre, el dolor, el miedo, la locura, lo divino, la culpa. El abismo.

Ahora que habitas la boca del lobo, ves la transparencia de la locura y lo divino te ahoga, te reduce a simple aliento. Ves el agua-fiebre corromper el nombre de las piedras. Mientras la noche, clavada en un madero, babea.

O este otro poema:

Sabías que Dios estaba tras el muro y tú seguías tirando piedras. Renegaste de tu nombre, de tu sangre, de la existencia. La culpa y el lobo aullaban en el veneno de la sombra. Malos tragos para el ciego, para el buscador de ceniza. Después de tantas lunas, lloras.

Consigue De la Fuente la emergencia de lo inconsciente a partir de una escritura que se aproxima mucho –en ocasiones, lo es plenamente-, a la escritura automática. Palabra empujada más por la fuerza de la pulsión que por las normas del pensamiento. Palabra apenas pulida (puedo dar fe de ello: tantas horas de escritura poética compartidas con el autor del poemario), que brinda una fuerza metafórica que, en ningún caso, podría ser producto de una escritura pasada por la reflexión de modo apriorístico. Como insistía María Zambrano, no se puede enseñar a hacer una metáfora: sale. Y sale en la medida en que la conexión entre dos palabras sea inhóspita, inverosímil, salvaje.

De la Fuente escribe sin saber lo que dice, pero con un conocimiento otro. No un conocimiento epistemológico, sino esa verdad que, si no mediara el corpus simbólico de lo poético, nos haría enloquecer. La sombra animal que nos acecha y que es tajada, con mayor o menor éxito, por el lenguaje. Parafraseando los versos de Arthur Lundkvist: Si el pájaro supiera por qué canta / enloquecería.[1]

Eran terribles en el pensamiento-páramo. Los orgullos azules brillaban como el desgarro del número. La noche, violentada por su luz, contaminó la virginidad del agua. Implacables, descendieron por los pétalos de la ira. El miedo frente al miedo, devorando el deseo.

Una buena amiga y estupenda poeta, cuando acaba de escribir un texto suele decir: “Chim pum”. Pues eso, chim pum.

Alberto Cubero

QUÉ ENTENDEMOS POR ENTENDER LA POESÍA EN “TENDENCIAS 21”

Reseñas

Un espacio de libertad: “Qué entendemos por entender la poesía”, de Alberto Cubero

Ensayo publicado por la editorial Escolar y Mayo sobre el papel de este género, a menudo socialmente denostado

“En el lenguaje poético no se da comunicación, sino revelación”, escribe el poeta Alberto Cubero, en su ensayo “Qué entendemos por entender la poesía” (Escolar y Mayo, 2017). En esta obra, Cubero defiende la importancia de la poesía en el cuestionamiento de la realidad, como puente entre lo individual y lo colectivo, y como espacio de libertad. Por Carlos Javier González Serrano.

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RESEÑA DE ANA BELÉN MARTÍN VÁZQUEZ SOBRE EL POEMARIO “TRÁNSITOS”

Reseñas

Ana Belén Martín Vázquez .- Tránsitos (Ediciones Evohé, 2017), es un poemario ilustrado realizado a cuatro manos, a cargo del poeta y ensayista Alberto Cubero (Madrid, 1972), y del escultor Leandro Alonso (Madrid, 1963). Estamos ante un libro singular, desde el cuadrado que le da forma en lo exterior hasta su interior, donde nos encontramos con el poema, en las páginas impares, y el ideograma, en las pares, que constituyen el encuentro de dos formas de expresión, sin dependencia ni competencia: una palabra poética rodeada de silencio y un ideograma que permite hacer una lectura complementaria o independiente del texto; en suma, una doble propuesta artística que da libertad para una infinidad de lecturas, incluso la que obvia la palabra o la ilustración.

Se trata de la cuarta colaboración entre ambos creadores, que ya habían dado muestra de su compenetración y buen hacer en proyectos conjuntos previos como el poemario: “La textura metálica del dolor” (El Sastre de Apollinaire, 2011); la instalación de poesía y escultura, junto a otros autores, titulada “Espacios de Lenguaje”; la exposición “Tránsitos” y ahora, este poemario en el que repiten el título del último trabajo. Conociendo la visión que Cubero y Alonso tienen del arte y de las respectivas disciplinas en las que desarrollan su principal labor artística, poesía y escultura, no es de extrañar que sean tan cómplices en este tipo de trabajos y que el resultado sea tan inspirador como el que ofrece este nuevo libro. Estamos ante dos creadores que se admiran y entienden que su trabajo ha de nutrirse de la obra de otros artistas y disciplinas. De hecho, sus respectivos currícula muestran esos itinerarios y colaboraciones con terceros, evidenciando que las clasificaciones que establecen barreras entre géneros no les valen, porque las artes se comunican y crecen en sus espacios de encuentro.

Tránsitos es un libro, me permitiría decir, de carácter existencialista en el que la herida y el laberinto se repiten, y crean las condiciones para el abismo y el sufrimiento, lo que acecha. Estamos ante un poemario desesperanzado a pesar de algunas apariciones del deseo, algunos atisbos de otra posibilidad:

El libro alberga varias ideas clave como la búsqueda, el tránsito, la dualidad y el aislamiento. En primer lugar, la búsqueda está presente en la dedicatoria del volumen, “A los que buscan y no encuentran”, y en la cita inicial de María Zambrano: “Que el hombre es un ser transcendente quiere decir que anda en tránsito, siempre en vías de ser”. Otra noción central es la de tránsito, que da título a este trabajo. Recordemos que según su definición, tránsito es el movimiento, es la muerte y ese estar entre dos lugares, dos ámbitos que puede suponer estar en ningún lugar, no estar. Ese dos, esa dualidad, es otra de las claves que permite la lectura del libro. Así, la dualidad se aprecia en la estructura del poemario, que presenta dos poemas cero, uno que abre y otro que cierra; y se desarrolla en dos amplios apartados, titulados, respectivamente, ‘El otro’ y ‘Lo otro’, que se complementan y responden. En línea con la dualidad, Tránsitos es también un diálogo, pero un diálogo imposible entre el tú al que los poemas apelan y la propia voz poética que se manifiesta.

Si nos fijamos en los dos poemas que abren y cierran el libro, en ambos el texto alude a un tú. En el primero, se trata de alguien que está en el laberinto: “(…) Transitas sin comprender la hondura de este verbo. / Estás allá donde niegas la existencia, en vano” (pág. 11). Por su parte, en el último, leemos: “(…) Mendigo forjado en barro, así debe ser tu corazón. / Así los velos que te intuyen” (pág. 153). Y en los dos casos, los poemas quedan suspendidos, en ese espacio indeterminado donde el tú, el otro, no acaba de ser, donde encontramos a un desconocido que pone barreras y distancia respecto a la voz poética que atraviesa el poemario, esa voz que también se refugia en lo impersonal y en su propia desaparición.

En la parte central del poemario, la incomprensión hacia lo externo se plasma tanto en la primera parte, titulada “El otro”, como en la segunda, “Lo otro”. Así, la voz poética no encuentra auxilio ni en el tú interpelado ni en un contexto más amplio. En ‘El otro’, la lectura avanza en torno a la vulnerabilidad, la incertidumbre, el abandono, la confusión, las pérdidas, el desarraigo, el desaliento, el miedo, las renuncias, la mentira, la inquietud, lo siniestro, la ruina, el rencor, la desconfianza, el desconsuelo… Y todos esos elementos van construyendo una fatalidad que lo inunda casi todo, donde los elementos alentadores son escasos (el deseo, las caricias, la luz), y la intuición apunta hacia los malos presagios. En la segunda parte, “Lo otro”, el horizonte se amplía pero a pesar de eso, nos mantenemos en el territorio de la extrañeza, lo innombrable, lo indeterminado, lo que se disuelve, la distorsión, la deriva, de nuevo la vulnerabilidad, la imposibilidad de la tregua o el equilibrio o la coherencia; la pesadumbre, la iniquidad y la soledad…

Tránsitos es un libro en tensión, sin sosiego. Nos presenta un yo apenas vislumbrado que es un sujeto en conflicto con lo externo, percibido muchas veces a través de los sentidos, la voz y la mirada, sobre todo. No obstante, esa conexión con lo externo es también un acercamiento que se trunca o que incluso devuelve un aislamiento añadido: “Hay una mirada sin fin, un desbordamiento ante las fauces del perímetro. / Imperceptible, fluye lo que te abandona”,  (pág. 37); “(…) Escuchas la arquitectura del miedo y los montículos de la penumbra. / No aciertas a descifrar los nombres de la herida ni el ojo de las renuncias” (pág. 39); “(…) Sangra la retina, pero tú no lo ves: te cegó la confluencia de voluntades” (pág. 49); “(…) Salto de sed sobre la herida abierta de lo que va llegando, / hay voces que arrastran lo desconocido” (pág. 63).

En cuanto al estilo, es un libro exacto que acierta con la palabra precisa y donde el silencio resulta fundamental. Poemas muy breves, en su mayoría, y sumamente equilibrados donde no sobra ni falta nada, que nos arrojan a un mundo de sugerencia y apertura de sentido donde cada uno va a alcanzar su propio vértigo, su propio equilibrio, sus propias preguntas y también, su propio tránsito. En este sentido, cabe subrayar que es un libro  sumamente coherente con lo que Alberto Cubero entiende por poesía y, por tanto, con su propia poética, establecida en los poemarios ya publicados y en el ensayo “Qué entendemos por entender la poesía” (Escolar y Mayo, 2017), donde Cubero insiste en que “el lenguaje poético habita en los perímetros de lo inefable, y no en los planos de los significados explícitos”.

Dado que es un libro en tensión y en conflicto, estamos ante un libro dominado por los contrastes, las antítesis… Aunque se emplean no como un mero recurso estilístico sino como base de una lucha de conceptos que genera todo un imaginario, levantado en los bordes del abismo. Así, asistimos a unos tiempos naturales alterados, “Preñez de la noche. / (…) El amanecer llegará nunca” (pág. 111); al encuentro de la falacia y la creencia (“La raíz es falacia. / Delirio en el extremo norte de las creencias” (pág. 129); o bien, a dobles contrastes como el de la página 143: “(…) vertebrar los contrafuertes de la armonía entre las brasas de la barbarie”.

Y dicho todo esto del texto poético que propone Alberto Cubero, quedaría hablar de la otra mitad del libro: los ideogramas que, desde el espejo de las páginas pares, acompañan cada uno de los poemas. La aportación de Leandro Alonso al libro es un libro en sí mismo y ofrece su propia lectura. En consonancia con lo textual, son trazos irregulares que apuntan también a la apertura, el desequilibrio y la tensión entre el dentro y el afuera. Son también el espacio donde reposar, descansar y digerir la palabra; el enigma, el laberinto, lo desconocido que nos apela. Los ideogramas son además, el negro y el blanco, el continente y lo contenido, y lo que se desborda y anega los márgenes.

En suma, estamos ante un libro inagotable, que nos permite crecer y nos regala cientos de lecturas…para llegar, gracias a lo poético, al encuentro con nuestros propios abismos y los espacios que nos aíslan como sujetos.

Ana Belén Martín Vázquez

Publicada en La Galla Ciencia

 

Qué entendemos por entender la poesía

Reseñas

Son muchas las personas que no se acercan a la lectura poética. Puede que tú mismo seas uno de ellos. Hace unos años yo tampoco lo hacía. Ni mucho menos a la contemporánea. Pero después de cinco años en un grupo de escritura creativa, leyendo toda clase de textos, he podido comprobar gratamente que es una lectura que enriquece el alma. Puede que más que alguna buena novela. Aunque ambas no son excluyentes entre sí. Ni mucho menos. Mucha gente me dice cuando lee alguno de mis textos, que no lo entiende, si supieran que muchas veces ni yo misma lo entiendo…

Pero, ¿por qué la necesidad de “entenderlo” todo? Hay una escritura más allá de la comunicativa. Que no pretende contarte una historia. Hay lecturas que tan solo te ofrecen infinidad de posibilidades…”tan solo”.

Cuando uno oye hablar de “poesía”, por lo general, suele dar marcha atrás. Muchos piensan en aquello que estudiaron en la escuela, en los textos que tuvieron que memorizar… etc. Y otros directamente dicen que no les gusta porque no la entienden.

A lo largo de los años que llevo cerca de este mundo (por llamarlo de alguna manera, pues no es otro diferente que en el que todos vivimos), he aprendido que existen muchos tipos de poesía. Y que no todos hay que entenderlos. A  muchos poetas que preguntéis qué querían decir en sus poemas, os dirán que no tenían ni idea.  Pues a veces solo es necesario sentir, más allá de comprender. Pueden leerlo cien personas diferentes y todas y cada una de ellas pueden percibir algo completamente opuesto. Y no por ello unos acierten y otros se equivoquen. Todas la opciones son válidas. Pues su percepción depende de factores tan diversos como personas hay en el mundo. Incluso tal vez una misma persona lea un mismo texto en momentos diferentes y lo reciba de manera muy contraria. Dependiendo de su propio estado de ánimo, situación personal en ese momento y muchos otros factores. El objetivo de ese autor, no siempre será transmitir un mensaje. Éste terminó su trabajo una vez dejó quieta la pluma/el teclado, una vez expone su obra, ésta deja de ser suya para convertirse en la de cada uno de aquellos que la observen. Y así, de un mismo poema (o cualquier otra expresión artística) nacerán tantas obras como impresiones reciba.

Así nos lo transmite, por ejemplo, Alberto Cubero, a través de sus obras, y ahora también en su ensayo “Qué entendemos por entender la poesía”.

 

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Qué entendemos por entender la poesía, Alberto Cubero, 2017 (Edit. Escolar y Mayo)

En él nos acerca a comprender mejor el mundo poético y todo lo que le concierne. De una forma clara y cercana nos demuestra que lo bueno, si breve, dos veces bueno. Pues no es el clásico ensayo de cientos de páginas en el cual hay que estar consultando el diccionario constantemente para lograr comprender cada frase. En este libro de poco más de 80 páginas, con prólogo del poeta Antonio Méndez Rubio, Cubero nos expone una visión nunca antes leída sobre la poesía. Algo tan necesario como salir del encorsetamiento al que estamos tan acostumbrados. Habiéndose publicado hace apenas unos meses ya tiene númerosas críticas, y muy buenas.

Como lectora, nunca antes había abordado la lectura de ensayo, y reconozco que cuando enganché este libro no lo podía dejar. Los que conocemos personalmente a Alberto sabíamos de sus ideas a este respecto, pero poder leerlo con grandes referencias a libros más que recomendables como apoyo a su discurso, es un verdadero placer. Sé de buena tinta que personas que nunca habían abierto un poemario en su vida, a raiz de leer Qué entendemos por entender la poesía han ido directos a por uno. Tal vez porque han descubierto que la lectura no solo puede ofrecer entretenimiento, o información concreta, sino que también hace una gran labor, no solo social, también respecto al autoconocimiento. Ahondar en nosotros mismos no siempre es apetecible. A veces, la poesía funciona como método de revelación, y para eso no siempre estamos  preparados.

Hay estudios que demuestran que leer poesía es más efectiva que los libros de autoayuda. De hecho, el propio Cubero imparte, además de talleres de Escritura Creativa, talleres de escritura terapéutica y está más que versado en la relación de poesía y psicoanálisis habiendo presentado varios encuentros entre distintos poetas y psicólogos donde la charla en torno a la palabra poética y la mente humana no tenía desperdicio.

Esto no quiere decir que os tenga que gustar, tampoco significa que no tenga que hacerlo. Como gran defensora del respeto al prójimo y a uno mismo, entiendo que cada cual decida libremente sus gustos, así como nadie pueda tampoco cuestionar los propios; mas, de todo corazón, os invito a que hoy, mañana, quizá dentro de unas semanas, en un rato de aburrimiento, o de pura curiosidad; buceéis por este maravilloso mundo, al que todos pertenecemos.

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Qué entendemos por entender la poesía

Reseñas

CubiertaCarlos Javier González Serrano.- La poesía resulta indisociable de la actividad poética. Al contrario de lo que sucede con otros afanes humanos, en los que la teoría se escinde o puede escindirse de la práctica de muy diversas –y en ocasiones malversadoras– maneras (véase, por ejemplo, la política), en la poesía se da un extraño y original encuentro entre el creador –el poeta– y su creación. Este movimiento de ida y vuelta, en el que quien escribe abre un horizonte nuevo de sentido, es impracticable sin que medie entre ambos un limes por superar. Ya nos puso Hölderlin sobre la pista cuando definía la figura del poeta como aquel que, situado frente al Absoluto, es capaz de abordar la distancia que separa las orillas de lo finito y de lo infinito. La poesía es, pues, el lugar donde mora, donde se siente y se hace sentir el límite.

Es así como, en palabras de Derrida, “no hay poema que no se abra como una herida”, como un espacio que, lejos de tener que ser llenado, ha de ser conservado y alimentado. La poesía puja por preservar tales recovecos que el poema dona. Por eso, como apunta Alberto Cubero en los primeros compases de Qué entendemos por entender la poesía, “en el lenguaje poético no se da comunicación, sino revelación”, y facilita, asimismo, la aparición del contexto donde se produce “el encuentro del ser humano con el misterio de su existencia, de la existencia”.

La obra de Cubero resulta interesante por varias razones. En primer lugar, porque restituye la poesía como promontorio desde el que cuestionar la realidad. Un cuestionamiento que no tiene que ver con anquilosados métodos filosóficos o con farragosas técnicas lógicas, sino más bien con un destino, con una sensibilidad que se patentiza en un hacer muy determinado: la creación poética y la lectura de poesía. Como él mismo sugiere, “la poesía propone al lector un crecimiento a nivel reflexivo, una indagación del sujeto en su interior”. La poesía endereza el timón del alma y crea individuos con “criterio y corazón”, individuos “no manipulables”.

He aquí el nudo gordiano de la tesis defendida por Cubero: la poesía es, ante todo, un quehacer relacionado con lo político, con lo común, con el escenario donde tienen lugar los asuntos humanos. Algo que, a su juicio, resulta “intolerable para los poderes hegemónicos de las sociedades democráticas actuales, que sin embargo deberían favorecer el crecimiento integral de sus ciudadanos”. Y concluye con una constatación: “Es muy triste ver cómo, aún hoy en día, la poesía es denostada en los planes de estudio y en la oferta cultural institucional”.

Como puente entre lo individual y lo social, la poesía, en su faceta política, insta a crear senderos por los que deambular críticamente, invitando a habitar el mundo de forma que ninguna autoridad pueda superar el tribunal del sí mismo. La poesía evita, sostiene Cubero, que seamos sometidos “a un grado de tensión y preocupación” tal que no nos permita disponer del “espacio reflexivo y emocional necesario para crecer como seres humanos”. La poesía, como integradora del corpus artístico, permite que nos mostremos “desnudos”, en un proceso que autentifica y saca a relucir nuestras más hondas potencias en su grado más puro: es decir, en libertad.

Una libertad a la que se teme y a la que nos empujan a temer, como si de un fantasma aterrador se tratara. La poesía, lejos de amansar espíritus, los revuelve, enturbia y cuestiona, apartándonos del estado vegetativo en que nos sitúa la sociedad tecnocapitalista. Es ella la que invierte la pereza intelectual y nos impele a actuar por la obtención de un mundo mejor, más sincero, más comprometido, más poético: esto es, más creador. Y es que, escribe Cubero, uno de los objetivos fundamentales del poder es el de “acabar con la singularidad del ser humano, que sea disuelto en una masa que reproduzca al unísono los mismos enunciados, los mismos dogmas y prejuicios, las mismas palabras vacías de contenido”. Por ello se esquilman tan desaforadamente los planes de estudio de las Humanidades y las Artes, con la intención –señala un tajante Cubero– de “crear analfabetos emocionales e intelectuales” y debilitar todo “lo que contribuya a expandir la capacidad de los individuos para conmoverse, para encontrarse con lo más auténtico de ellos mismos, para reinventarse y reinventar su visión del mundo, todo lo que potencie la vertiente reflexiva y crítica de la persona”. El objetivo, a juicio del autor, no es otro que el de eliminar el saber y su origen, hasta quedar todos ciegos, desorientados, inermes.

La obra de Cubero alberga el inapreciable mérito de devolver a la poesía su faceta social. Estamos tan tristemente acostumbrados en las sociedades occidentales a delegar la fuerza decisoria del pueblo –la soberanía nacional, concepto en otro tiempo tan fundamental– en los partidos políticos de turno que la noción de participación social en lo político se nos antoja lejana y, de hecho, no hay quien duda en denunciarla como una suerte de irrupción violenta en contra del denominado sistema “democrático”, tantas veces invocado y ya acaso desgastado o caducado. Muy al contrario de lo que suele pensarse, el Romanticismo –movimiento de franca raigambre poética– siempre estuvo fuertemente comprometido con el aspecto social de la realidad. Lamartine escribía, por ejemplo, en sus Recueillements: “Luego mi corazón, insensible a sus propias miserias, / se extendió más tarde hasta los dolores de mis hermanos”. Las revoluciones trabajadoras de 1830 y 1848 agitaron con fuerza toda Europa, y los grandes estandartes de la cultura alemana, pero sobre todo los de la francesa, no dudaron en dar pábulo a las justificadas esperanzas despertadas por una nueva conciencia de grupo que se mostraba por entonces floreciente y repleta de fulgor: frente al patrón o socio capitalista nacía la figura del asalariado.

Una nueva enfermedad nos brindan los tiempos actuales, en opinión de Cubero: la del capitalismo salvaje: “a más objetos, menos relación entre los sujetos. Tanto la necesidad de objetos como la conexión que se establece con ellos se torna más peligrosa cuanto más asociada está a la sensación de poder, al goce perverso de dominación sobre los otros, a la posibilidad de tener al otro sometido”, denuncia el autor.

La libertad debe mostrarse no sólo en el arte, sino también y sobre todo en la sociedad, allí donde el verbo fundamental es el de compartir, el de con-vivir. Víctor Hugo se ganó el respeto del pueblo francés y lo consideraron como a uno de los suyos. Unos luchaban en las calles; otros, en la soledad de su cuarto, lanzaban como puñales obras que desacreditaban públicamente los desvaríos de la corona y las injusticias sufridas por gran parte de la sociedad. Un punto que Víctor Hugo comparte con el Dostoievski de Pobres gentes y con el Tolstoi más maduro, el de las Confesiones.

“La poesía no es un lugar donde van a parar los cobardes”, escribía Gamoneda, a quien Cubero cita al final de su libro, que se cierra con una abierta y sincera invitación a leer poesía, casi una arenga: “No tenga miedo. Sea valiente. […] La cobardía sale cara, siempre. El poema es uno de los caminos más interesantes y hermosos para abordar el conocimiento de uno mismo. Del mundo. Para que aflore lo no sabido. El misterio. Lo siniestro. Para que se dé una aproximación, en mayor o menor medida, a una verdad”.

Qué entendemos por entender la poesía encierra un coraje desbordado en lo general (por qué recuperar la poesía como objeto teórico) y en lo particular (la poesía como instrumento originariamente político), sin olvidar aspectos más filosóficos, complejos, filológicos, hermenéuticos y polémicos. Una concentrada obra que invita a trazar una genealogía de la poesía pero que, lejos de quedarse en los estrechos pasillos de la abstracción, desciende a los infiernos humanos y empuja a tomar la actividad poética como una cima desde la que ensayar un nuevo tipo de biografía: la vida poética en libertad.

Carlos Javier González Serrano

REVISTA SISTOLÁ , REVISTA DE CULTURA

Qué entendemos por entender la poesía

Reseñas

Jaime Alejandre.- Acabo de merendarme con fruición, literalmente de una sentada, uno

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Editorial Escolar y Mayo

de los textos más lúcidos que he leído sobre el arte de la poesía. Y de la vida. Lo más sorprendente, tal vez, es que (perdón por la boutade) su autor es un extraordinario poeta, Alberto Cubero. Su libro “Qué entendemos por entender la poesía” (Escolar y mayo editores) tiene un título carveriano (Raymond) pero, mejor que eso, tiene un contenido bergeriano (John), a la altura de ese sideral vuelo de “Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos”.

Por empezar por las dos principales pegas del ensayo de Cubero, aunque parezcan un oxímoron son, por un lado que es demasiado corto y uno querría devorar otras cien páginas; por otro lado que no es libro que se pueda comprar sin más uno, pues hay que hacerlo adquiriendo al menos dos bolígrafos. De tanto subrayar sus hallazgos y sabidurías consumiréis la tinta que le echéis.

Y ahora vayamos a sus aciertos: que lo son todos. Así, el libro es tan magnífico que hasta su prólogo, eso demasiado a menudo prescindible al principio de un libro, es en este caso esencial. Lo firma Antonio Méndez Rubio. Impagable.

Del texto en sí de Alberto Cubero me parecería presuntuoso decir nada pretendiendo acotar sus palabras, pues son cardinales. No sólo respecto al hecho poético sino respecto al ser enfrentado a su propia conciencia de hombre, a la psique y el uso del lenguaje, o respecto a la posición, ética o antiética, que adoptamos ante la realidad. “Un poema que se precie de serlo trata de todo y de nada. Ahonda en la condición humana, en la existencia, en su misterio, en las conexiones entre el sujeto y su interior y entre el sujeto y lo que le rodea…”, nos ilumina Alberto Cubero.

Por ello este ensayo, con mis comentarios, sólo perdería la fuerza, alcance e fluorescencia que porta en sí mismo. Baste saber que sus capítulos son, por ejemplo “La banalización de la poesía”, “El miedo y la pereza de espíritu”…

En definitiva sólo me atrevo a incitaros a leer este libro. Dejaos traspasar con susalberto cubero 2 verdades, sus dudas y certezas, permitíos acoplar sus palabras a vuestro propio andar de poetas. Si sois verdaderos poetas creceréis en vosotros mismos. Si sois aprendices, se os desvelarán los tesoros del lenguaje en verso. Pero si sois meras falsificaciones de poetas, os sentiréis en seguida señalados por la inclemente flamígera que os expulsa del inmerecido Paraíso en el que pretendéis vivir de okupas sin autenticidad.

“… Una carrera en pos de quimeras que prometen la conquista del absoluto, un intento de escape del vacío, la falacia de rellenarlo con la acumulación material… Sólo un sujeto lastrado de carencias espirituales necesita sentirse poderoso para ser ‘respetado’ y para, de esta manera, establecer un ilusorio equilibrio en su vida… Solo desde la enfermedad puedo explicarme que alguien renuncie al encuentro con los otros, con el mundo, para caminar por la tela de araña de la acumulación material… Perdido en una vida sin conexión con lo humano, un objeto más entre todos aquellos que apiló y que acabaron destruyéndolo…”.

“Cuando se afronta la escritura del poema, el poeta no sabe con certeza qué está escribiendo. Se trata de un proceso cuántico, aproximativo, de carácter, en buena medida inconsciente… El poeta es abordado… Lo inefable continúa siendo inefable y solo podemos circundar sus bordes. Se puede decir, así, que la tarea del poeta es una derrota: siempre habrá una fractura entre el pálpito, la imagen, la idea, y la palabra que intenta hacerse cargo de ellos… Lo único que podemos afirmar es que hemos escrito una de las infinitas posibilidades que nos brindaba el lenguaje…” (Lo dijo Pessoa: “Todo cuanto hacemos, en el arte o en la vida, es la copia imperfecta de lo que hemos pensado hacer… Todo esfuerzo, cualquiera que sea el fin hacia el que tienda, sufre, al manifestarse, los desvíos que la vida le impone; se convierte en otro esfuerzo, sirve a otros fines, consuma u veces exactamente lo contrario de lo que se pretendía… Lo que pensamos y sentimos es siempre una traducción”).

Sigue Cubero: “… difícilmente se conseguirá que el poema logre aproximarse, siquiera mínimamente, a la cuestión de lo inefable partiendo de estructuras previas que respondan a parámetros de razonamiento. Surgirá entonces un lenguaje plano, sin violentación de la palabra, un lenguaje que no constituirá una realidad en sí mismo, sino que será representación de la realidad, de lo ya sabido, y que no abrirá nuevos paisajes emocionales…”. (“Hay escritores –dijo Cortázar- que proyectan escribir un libro y se lo cuentan a usted en detalle, en un café, todo está listo, todo planteado: cuando lo escriben, generalmente es un mal libro”). “…  La mal llamada poesía de la experiencia… habría que denominarla poesía del acontecimiento. De lo que acontece en el afuera, en eso que llamamos realidad y que no es única: hay tantas realidades como sujetos… La experiencia, como nos enseña María Zambrano, se produce en las profundidades del sujeto…”.

“Es el lector quien hace suyo el poema y no el texto el que hace suyo al lector… El poema no es lo que aparece escrito en el papel, sino el rastro que deja en nosotros. El poema es una huella. Una marca que en cada sujeto quedará impregnada de manera distinta…”, nos recuerda, certero, nuestro autor, sabedor de que la verdadera literatura exige esfuerzo al lector y que por eso, tal vez, en esta sociedad de lo inmediato y el facilismo, la poesía es algo a lo que los apresurados no  se atreven.

No os robo más tiempo para que podáis salir a buscar este indispensable texto y cincelároslo en el impulso poético cada uno de vosotros. No sin antes trascribiros la final admonición de Alberto Cubero: “No tenga miedo. Sea valiente… La poesía no es un lugar donde van a parar los cobardes… El poema es uno de los caminos más interesantes y hermosos para abordar el conocimiento de uno mismo. Del mundo. Para que aflore lo no sabido. El misterio… Lea usted poesía, déjese fluir”.

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